Estaba muy nerviosa. Casi histérica. Yo, sola, en medio de la multitud que esperaba en el andén. No me lo podía creer, 17 años, ciudad nueva, vida nueva, y esperaba, amigos nuevos. Por fin: la Universidad. Me sentía como de pequeña, la primera vez que vas a comprar sola, o cuando puedes ir sin adultos en el ascensor, el metro, o el autobús; demasiado criatura para tanta responsabilidad. No sabía si estaba preparada. Todo aquello se me hacía demasiado grande para una chica de pueblo como yo.
De repente, sin previo aviso, anunciaron mi tren por megafonía. Un nudo se formó inmediatamente en mi estomago, y la sensación de inseguridad casi me marea.
A lo lejos, el tren cada vez se hacía más grande a medida que se acercaba. Se paró, y a mí, dubitativa ante la puerta, me dio un vuelco el corazón. Casi sin darme cuenta, entre la avalancha de gente que subía al tren, me encontré dentro, y medio aturdida por la emoción y el nerviosismo, localicé un asiento vació y me senté.
Me dispuse a internarme en mi libro para evadirme por un momento de la realidad: Un detective entre Sherlock Holmes y un CSI, que siempre encontraba la pista más incoherente en el lugar más inesperado, y que, además, servía para dar solución a los crímenes más misteriosos con un solo análisis visual de dicho detective. En seguida me enganché, habían encontrado un cadáver mutilado de una misteriosa desconocida.
No lo entendía, ¿como podían gustarme tanto esta clase de libros si siempre pasaba lo mismo?, pero el caso es que en cuanto empezaba no podía parar hasta conocer el final.
Sin darme cuenta alguien que se sentó a mi lado me devolvió a la realidad, el tren estaba parado. Ni siquiera lo había oído por megafonía, tan distraída como estaba en mi apasionante libro. Así que casi ni me fijé en el chico que se había sentado junto a mi asiento y decidí seguir con mi detective medio superhéroe. Resulta que el cadáver mutilado en cuestión ya no era una desconocida, sino una pueblerina que vivía en la ciudad, como tantas otras chicas, para ir la universidad. ¡Estupendo! ni un puñetero libro de crueles y sangrientos asesinatos podía dejarme en paz. No había sido suficiente que mis padres me hubieran atosigado toda mi vida con lo importante de la universidad, de labrarme un futuro, de… ¡tonterías! Lo único que habían conseguido era que me sintiera la cosa más insignificante del mundo, y sin una pizca de preparación para la responsabilidad que se me venía encima.
Guardé el libro en la mochila. Basta de universitarias asesinadas. Entonces me fijé en mi nuevo compañero, alto, excesivamente delgado y parecía más nervioso incluso que yo. Sentado a mi lado, no paraba de jugar con el billete de tren entre sus manos; lo guardaba en el monedero, se tocaba el pelo, ahora entrecruzaba las manos, ahora marcaba un ritmo con el pie…
Me di cuenta que me miraba, como intentando coger fuerza para hablarme. Pobrecillo, parecía tan asustado. ¿A dónde se dirigiría? ¿Cuál era el motivo de su viaje? En un segundo, no se ni como ni porque, estaba en medio de una apasionante charla con mi nuevo compañero.
Resultaba que en la ciudad que iba a ser mi nuevo hogar, había una importante escuela de cocina en la que se había matriculado y donde había decidido empezar su nueva vida. Pasar página, decía, era la decisión más difícil de toda su vida. Estaba nervioso y asustado. Solo, seguro que estaría solo, porque no sabía hacer amigos, no había sabido nunca. ¿Por que me resultaba tan fácil comprenderle? Hablamos durante gran parte del trayecto. Era como si me estuvieran explicando mi vida, mis sentimientos. Como si me estuvieran desnudando delante de un desconocido. Y yo, hipócrita de mí, dando estúpidos consejos, que ni siquiera me atrevía ni sabía como seguir. Y, no se, pero escuchar a alguien con más o menos las mismas preocupaciones que yo, me hizo sentir mucho mejor, más segura de mi situación. Quizá soy un poco egoísta, pero ¿quién no lo es en alguna medida?
Habría muchas personas en mi situación o que hubieran pasado por una similar, y si ellas habían salido bien paradas ¿por qué yo no?
Ahora me preocupaba bastante el conocer gente ¿Cómo lo haría? La verdad es que nunca he sido muy abierta, es más, soy bastante tímida, y excesivamente vergonzosa con la gente que no conozco. ¿Encontraría amigos? ¿Y si no? Si nunca he sido capaz de estar sola, siempre he necesitado mucho a la gente. Quizá fuera un buen momento para aprender a no depender tanto de los demás, pero me veía incapaz.
En el momento en que ya no sabía como compaginar la conversación con los pensamientos que se me aglutinaban en la cabeza, pasó el revisor y la charla quedó interrumpida. Aprovechando dicha interrupción mi compañero se levantó y muy educadamente se disculpó un momento para ir al servicio. Al levantarse una hoja de papel cayó volando de su pantalón al asiento, supongo que al sacar el billete para el revisor la nota le sobresaldría y al levantarse se acabó de caer.
Parecía un papel desgastado, como leído y releído una y otra vez. Estuve un rato mirándolo, carcomiéndome por dentro ¿y si lo leía? Sabía que no era de mi incumbencia, que no estaba bien leer cartas de otras personas sin su permiso, pero una vez más la curiosidad pudo conmigo.
Era la carta más triste que había leído en toda mi vida, que realmente muchos dirían que era corta, y era cierto, pero jamás hubiera podido imaginar siquiera que alguien pudiera expresar tan intensamente los sentimientos en una hoja de papel. Era la forma más tierna que nadie puede encontrar para decirle a alguien que no la amas, haciendo el menor daño posible a una persona enamorada de ti. Pues de eso trataba la carta. Disculpa tras disculpa, pedía perdón por no corresponder al amor deseado de una muchacha, que claro estaba que le importaba. Se sentía en cada palabra lo que había costado sacarla del fondo del corazón para dejarla impresa en aquella carta, que me emocionaba hasta tal punto que parecía mentira que solo estuviera leyendo la vida de otra persona. ¿Qué hacía mi compañero de asiento con ella? Estaba claro que no estaba dirigida a él pues era para una chica ¿Entonces? ¿La habría escrito él?
En aquel momento le vi, volvía del lavabo. Rápidamente volví a dejar la nota en el asiento y simulé estar totalmente abstraída en mi libro. Pero no pude evitar mirarlo de reojo en todo momento.
En cuanto reparó en la carta, la cogió apresuradamente y se la guardó. Entonces dejé mi libro como si me acabara de dar cuenta de que había vuelto. No podía dejar de pensar en aquella carta, ¿podía ser aquel escuchimizado muchacho capaz de plasmar tantos sentimientos y con tanta tristeza en una simple hoja de papel?
En ese momento me fijé bien en él, no era feo, incluso podía decirse que resultaba bastante atractivo. No podía sacarme la carta de la cabeza ¿cómo puede caber tanta pena dentro de una persona? Nunca he sido excesivamente alegre, pero no podía llegar a comprender tanta tristeza.
Su cara había cambiado, ya no parecía nervioso, estaba triste. Sus ojos, ¡vaya eran preciosos! verdes, como esmeraldas recién pulidas, brillaban en exceso, preparados para llorar. Intenté animarlo, hacer la conversación más amena y divertida, y aunque, nunca he sabido animar mucho a la gente que lo necesita, a él parecía agradarle el escucharme decir una tontería tras otra.
Cuando él hablaba, su voz parecía acariciarme. Sus ojos oscilaban entre los míos y ninguna parte. Cuando me hablaba no podía alejar mi mirada de sus labios, como si por un momento no pudiera oír y tuviera que leerlos.
De golpe, como despertando de un sueño, anunciaron nuestra parada. Ya estaba, mi gran viaje se había acabado. Caí en la cuenta que eso significaba no volver a verle más, o si por una casualidad nos volviéramos a encontrar, no se acordaría de mí. Pero ya era igual, la magia se habría acabado. En el tren nos habíamos compenetrado por que nos sentíamos solos y nos encontrábamos en momentos similares de nuestras vidas, en un cambio; pero ahora cada uno tendría que seguir su camino.
Bajamos del tren sumidos en un silencio de despedida. No me lo podía creer. Solo deseaba que me dijera algo, que no se acabará así. ¿Quieres quedar algún día? No, no me atrevería en mi vida a decir algo así. ¿Y esperaba que él sí? Si yo no me atrevía no podía echarle en cara que él tampoco. A lo mejor la única que había “conectado” era yo. Seguro. Soy tan estúpida, siempre saco ilusiones de la nada y después, normal, me llevo grandes decepciones. ¿Por qué siempre hago lo mismo si ya lo sé? ¿Cómo se puede cambiar?
Fuera de la estación cogió un taxi. Se despidió con un adiós y un encantado. ¿Encantado? ¿Eso era todo? Parecía que sí.
Le vi alejarse dentro de ese coche blanco con una sensación de tristeza, como cuando te has de despedir por mucho tiempo de alguien a quien te has acostumbrado a tener cerca. Pero que tonta soy, ¿cómo puedo pensar que dejo huella en la gente? Siempre lo mismo, soy yo la que necesita a la gente, la que depende de ella, y no el resto del mundo el que me necesita a mí. Así que me resigné y fui a la parada del bus que me llevaba hasta la residencia de estudiantes, mi nuevo hogar.
Sentada en el autobús no podía sacármelo de la cabeza. ¿Dónde viviría? Entonces, noté algo en el bolsillo de mi cazadora que no tendría que estar allí. Lo saqué con cuidado. Era una nota, la abrí y ¡era la misma letra que en la carta! No podía creérmelo y no perdí ni un segundo más en leerla:
Eres la única persona que conozco en esta ciudad,
y me encantaría descubrirla junto a ti.
Si te parece bien, llámame:
6XX 7X 6X 3X
Una sonrisa se dibujó en mis labios.
Ahora solo tenia que conseguir valor suficiente para llamarle.